
El Sol después del mediodía, arrasa la calle, dejando un rastro descolorido. Solo por obligación, alguien saldría de casa a estas horas.
Los rayos se golpean con fuerza sobre las paredes, los tejados, el suelo, las ventanas, alimentándose de los colores con que tropieza, no hay color que resista el envite de esta luz, no hay persona en Madrid que no le tenga respeto y se mantenga lo más lejos posible de él.
La luz se desliza por entre balcones, buscando nuevas penumbras en el interior de las casas. Siempre, alguna ventana se queda abierta por descuido. Y aquí en el centro de la ciudad, en la calle de la luna, encuentra el sol un salón desprotegido y comienza alimentarse, del color de unos tejanos, de otro mas, de una camisa, una camiseta y un zapato, busca, pero no encuentra a su alcance el resto del ajuar esparcido.
A ritmo calmo, topa y lame también la pata de una cama de madera, tiñe de blanco una sabana naranja y calienta un pie como se hornea pan, nada le detiene en sucamino.
Un corazón late sobre la cama.
Late que es lo que hacen, no sistolean, laten lentos o rápidos, dependiendo de la necesidad del momento.
Estos, que son dos, laten despacio, como invernando.
Dos fetos descansando de medio lado, acoplados, pecho contra espalda, latiendo al compás, respirando unidos.
El pie iluminado por el sol tal vez por causa o quizá por efecto acelera el corazón del cuerpo que abraza.
-De los cinco dedos que tiene su mano, el más largo de entre ellos, despierta, olfateando como perro de caza a una liebre lejana. Ni siquiera sabe si hay presa o es el regusto de la cazada antes de dormirse, pero la idea lo espolea.
Los cinco trabajan unidos pero esta carrera en realidad es otra cosa, es ciega. Consiste en localizar y correr detrás de la pieza. El dedo más pequeño resulta ser el más rápido y arrastra en su salida a todos los demás. En cierta medida el grande se siente sorprendido concentrado en su olisqueo, pero de inmediato forma un solo mecanismo con todos.
Arrastra a trompicones la mano entera, sobre el cuerpo abrazado, inconciente del manoseo. Enterrado en un mundo al que nadie puede acceder. Los dedos piden que la luz se detenga a los pies. La presa no es consciente del acecho. La cadera esconde su madriguera, donde la presa espera, seca, dormida. De entre dos lomas se accede a una cuenca donde la luz aun no ha llegado aunque desprenda el calor del sol
Los dedos furtivos se organizan, despiertos, al margen de órdenes, usan técnicas de guerrilla, organizada sin mando superior, arrastran al brazo inerte que les manda sangre, la palma se acopla sobre la loma superior, los dos dedos mas distantes se estiran y a modo de palanca separan las montañas descubriendo a la tiniebla el acceso al mundo ajeno.
Un segundo, de admiración, imposible que el latir del cazador no se sienta conmovido, ante la paz de su presa. Otro segundo, de amor al deseo. Mas segundo, de tensión. Y segundo sobre segundo de agradecimiento. El dedo grande toma el mando y avanza sobre el aire sintiendo el seco calor que desprende su presa, arropado por la admiración de sus compañeros que envidian su suerte.
Se enciende la alarma en la reseca guarida, un intruso conocido, quizás inesperado ha entrado en la cueva.
Los dos mundos distantes se encuentran, lo dos cuerpos que latieron juntos recuperan el compás de su consciencia, el cazador es apresado en la cueva, la presa se despierta y se siente Fuerte.
Apoyando la cabeza sobre las almohadas y los pies sobre la luz del sol, la presa gira violenta sobre si. El cazador se queda expuesto a la luz. La mano ha quedado bajo el peso de la cadera, aprisionada contra el colchón, dejando indefenso al cuerpo que hasta hace poco cazaba.
Caras, frente a frente con ojos de batalla, se escudriñan entre legañas. Los dedos de la presa se despiertan rápidos, resabiados, expertos se abren camino, de ciego en terreno propio, que conocen bien. Desfilan ahora en dirección cierta, donde le espera la entrada que une sus mundos.
Los rayos se golpean con fuerza sobre las paredes, los tejados, el suelo, las ventanas, alimentándose de los colores con que tropieza, no hay color que resista el envite de esta luz, no hay persona en Madrid que no le tenga respeto y se mantenga lo más lejos posible de él.
La luz se desliza por entre balcones, buscando nuevas penumbras en el interior de las casas. Siempre, alguna ventana se queda abierta por descuido. Y aquí en el centro de la ciudad, en la calle de la luna, encuentra el sol un salón desprotegido y comienza alimentarse, del color de unos tejanos, de otro mas, de una camisa, una camiseta y un zapato, busca, pero no encuentra a su alcance el resto del ajuar esparcido.
A ritmo calmo, topa y lame también la pata de una cama de madera, tiñe de blanco una sabana naranja y calienta un pie como se hornea pan, nada le detiene en sucamino.
Un corazón late sobre la cama.
Late que es lo que hacen, no sistolean, laten lentos o rápidos, dependiendo de la necesidad del momento.
Estos, que son dos, laten despacio, como invernando.
Dos fetos descansando de medio lado, acoplados, pecho contra espalda, latiendo al compás, respirando unidos.
El pie iluminado por el sol tal vez por causa o quizá por efecto acelera el corazón del cuerpo que abraza.
-De los cinco dedos que tiene su mano, el más largo de entre ellos, despierta, olfateando como perro de caza a una liebre lejana. Ni siquiera sabe si hay presa o es el regusto de la cazada antes de dormirse, pero la idea lo espolea.
Los cinco trabajan unidos pero esta carrera en realidad es otra cosa, es ciega. Consiste en localizar y correr detrás de la pieza. El dedo más pequeño resulta ser el más rápido y arrastra en su salida a todos los demás. En cierta medida el grande se siente sorprendido concentrado en su olisqueo, pero de inmediato forma un solo mecanismo con todos.
Arrastra a trompicones la mano entera, sobre el cuerpo abrazado, inconciente del manoseo. Enterrado en un mundo al que nadie puede acceder. Los dedos piden que la luz se detenga a los pies. La presa no es consciente del acecho. La cadera esconde su madriguera, donde la presa espera, seca, dormida. De entre dos lomas se accede a una cuenca donde la luz aun no ha llegado aunque desprenda el calor del sol
Los dedos furtivos se organizan, despiertos, al margen de órdenes, usan técnicas de guerrilla, organizada sin mando superior, arrastran al brazo inerte que les manda sangre, la palma se acopla sobre la loma superior, los dos dedos mas distantes se estiran y a modo de palanca separan las montañas descubriendo a la tiniebla el acceso al mundo ajeno.
Un segundo, de admiración, imposible que el latir del cazador no se sienta conmovido, ante la paz de su presa. Otro segundo, de amor al deseo. Mas segundo, de tensión. Y segundo sobre segundo de agradecimiento. El dedo grande toma el mando y avanza sobre el aire sintiendo el seco calor que desprende su presa, arropado por la admiración de sus compañeros que envidian su suerte.
Se enciende la alarma en la reseca guarida, un intruso conocido, quizás inesperado ha entrado en la cueva.
Los dos mundos distantes se encuentran, lo dos cuerpos que latieron juntos recuperan el compás de su consciencia, el cazador es apresado en la cueva, la presa se despierta y se siente Fuerte.
Apoyando la cabeza sobre las almohadas y los pies sobre la luz del sol, la presa gira violenta sobre si. El cazador se queda expuesto a la luz. La mano ha quedado bajo el peso de la cadera, aprisionada contra el colchón, dejando indefenso al cuerpo que hasta hace poco cazaba.
Caras, frente a frente con ojos de batalla, se escudriñan entre legañas. Los dedos de la presa se despiertan rápidos, resabiados, expertos se abren camino, de ciego en terreno propio, que conocen bien. Desfilan ahora en dirección cierta, donde le espera la entrada que une sus mundos.
Cuando llegan, la cueva no esta seca…. Buenos días -dice Maria socarrona
Te vas ha enterar -dice Pablo feliz

1 comentario:
primera vez, y me he quedado enganchada.
¡gústame mucho!
míriam
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