miércoles, 24 de septiembre de 2008
Pardal & Gorrion
martes, 16 de septiembre de 2008
Yendo a dormir

Esta noche como todas las noches, nos traerá consigo a los hijos de los claxoneros diurnos, colonizando el centro de la ciudad, excitados por una fiesta más y la posibilidad de terminar la noche como de costumbre.
Desde la cama les oigo llegar en pequeños grupos nerviosos, el barrio esta ya ocupado por completo y empiezan a ponerse más y más valientes a medida que sube el nivel de alcohol.
Una chica que la imagino recién teñida con botas altas en pleno verano, descarga todo lo que su amorosa madre le dio de cenar. Como aun esta en edad de merecer todo por ser tan inteligentemente hermosa, ni se preocupa de torcer la cara, y deja el menú sobre la entrada del portal. Su compañero viene desde el fondo de la estrecha calle de la luna, tirando todos los cubos de basura a la voz de su puta madre, cabrón, y esa era una zorra, bien animado por dos colegas de los guays, al menos es una calle corta, tan solo 36 cubos que a las dos de la noche suenan como los tambores de Calanda al abrirse contra el suelo.
La china de la esquina, hecha en ese momento la verja de un solo golpe, tan pequeñita y con tanta fuerza la mujer, aunque para fuerza la que tiene en su garganta, calculo que puede soltar un contundente lapo a mas de diez metros de distancia, hace un par de noches soltó uno de lado a lado de la calle y lo pego a un metro del suelo, en mitad del cristal de una puerta. Aunque la costumbre es tirarlos a los pies.
Ha pasado un coche con música bachata al volumen de un concierto de Tina Turner y a sacado a las amigas de la potadora de su griterío-conversación a cerca de que es mejor si el café con sal o no vomitar, ¿será que todas las generaciones están desinformadas al respecto? Dos senegaleses cruzan de acera hablando con el altavoz directamente instalado en sus cuerdas vocales, pura virilidad en estado gaseoso.
La pandilla se aleja al fin, las chicas sujetan a la guapa y los chicos alientan al gallito golpeando con fuerza lo buzones de publicidad y las chapas de los comercios. Poco a poco llega el sueño, acompañado de tres amigos que esta vez sin chicas descargan su frustración arrastrando los cubos y lanzando una litrona contra el suelo, una buena combinación de sonido para una samba.
La noche se calma, se tensa, se contradice y me irrita, el silencio se impone sobre el ruido que no desaparece, es el silencio el que suena ahora, la presión del ambiente aumenta, es un altavoz gigante o mis oídos están adquiriendo poderes de superhéroe, puedo escuchar jóvenes a dos calles pero el cansancio da una vuelta mas, y toda la tensión que se acumula desaparece con un sueño.
La presión es real, no es la acostumbrada tensión de ruido, es atmosférica y descarga una tromba de agua frenética sobre las casas. Entra en el sueño mi madre, tan amorosa que esta dispuesta a desinfectar la calle en plena madrugada armada con su vaporeta, para que todos despertemos como si no pasara nada, energía en estado puro, una obsesiva maquina de limpieza integral.
Esta cayendo tanta agua que en nada la calle parece un río, con afluentes aéreos que surgen de los tejados. Se ve un resplandor y en nada un trueno acompañado de olor fresco, a naturaleza en lata, no tenemos verde en el centro, a los gobernantes les gusta mas una loseta de cemento que un árbol, así que olor a hierba mojada lo justo si vas al parque, aquí es asfalto limpio y agua que arrastra polvo.
Esta noche no estamos solos, sin ruidos, resignados y lentos se aparecen entre las cortinas, la pareja de enfrente, la abuela del primero, un soldado a la izquierda con sus calzoncillos de la mili, alguien del hostal, la señora del segundo, la farmacéutica y todas los balcones se llenan de imágenes silenciosas, cada uno con su prenda de dormir, que en la mayor parte de los casos es nada, por eso nos ponemos las cortinas a modo de toga, un poco por respeto y pudor.
Vemos juntos con asombro como el agua ahora es granizo gordo, nos unimos en la vigilia, poniendo cara al nuevo vecino, que ayer tiro una bolsa del día llena de agua, al novio llorón de la escupidora olímpica. Sabemos que no es hora de intentar quedar bien, así que ni se intenta, el cansancio es demasiado grande por eso casi todos dejamos las cortinas atrás dando un ultimo vistazo y desaparecemos atrapados por la oscuridad que pronto traerá el esperado silencio.
Regreso a la cama abrazando la almohada, sintiendo como toda la calle se abraza entre si, echo de menos algo de compañía en este momento, solo por sentir el calor de otro cuerpo pero se que toda luna esta conmigo, a punto de soñar con sus madres cubiertas en togas, yendo a dormir
Desde la cama les oigo llegar en pequeños grupos nerviosos, el barrio esta ya ocupado por completo y empiezan a ponerse más y más valientes a medida que sube el nivel de alcohol.
Una chica que la imagino recién teñida con botas altas en pleno verano, descarga todo lo que su amorosa madre le dio de cenar. Como aun esta en edad de merecer todo por ser tan inteligentemente hermosa, ni se preocupa de torcer la cara, y deja el menú sobre la entrada del portal. Su compañero viene desde el fondo de la estrecha calle de la luna, tirando todos los cubos de basura a la voz de su puta madre, cabrón, y esa era una zorra, bien animado por dos colegas de los guays, al menos es una calle corta, tan solo 36 cubos que a las dos de la noche suenan como los tambores de Calanda al abrirse contra el suelo.
La china de la esquina, hecha en ese momento la verja de un solo golpe, tan pequeñita y con tanta fuerza la mujer, aunque para fuerza la que tiene en su garganta, calculo que puede soltar un contundente lapo a mas de diez metros de distancia, hace un par de noches soltó uno de lado a lado de la calle y lo pego a un metro del suelo, en mitad del cristal de una puerta. Aunque la costumbre es tirarlos a los pies.
Ha pasado un coche con música bachata al volumen de un concierto de Tina Turner y a sacado a las amigas de la potadora de su griterío-conversación a cerca de que es mejor si el café con sal o no vomitar, ¿será que todas las generaciones están desinformadas al respecto? Dos senegaleses cruzan de acera hablando con el altavoz directamente instalado en sus cuerdas vocales, pura virilidad en estado gaseoso.
La pandilla se aleja al fin, las chicas sujetan a la guapa y los chicos alientan al gallito golpeando con fuerza lo buzones de publicidad y las chapas de los comercios. Poco a poco llega el sueño, acompañado de tres amigos que esta vez sin chicas descargan su frustración arrastrando los cubos y lanzando una litrona contra el suelo, una buena combinación de sonido para una samba.
La noche se calma, se tensa, se contradice y me irrita, el silencio se impone sobre el ruido que no desaparece, es el silencio el que suena ahora, la presión del ambiente aumenta, es un altavoz gigante o mis oídos están adquiriendo poderes de superhéroe, puedo escuchar jóvenes a dos calles pero el cansancio da una vuelta mas, y toda la tensión que se acumula desaparece con un sueño.
La presión es real, no es la acostumbrada tensión de ruido, es atmosférica y descarga una tromba de agua frenética sobre las casas. Entra en el sueño mi madre, tan amorosa que esta dispuesta a desinfectar la calle en plena madrugada armada con su vaporeta, para que todos despertemos como si no pasara nada, energía en estado puro, una obsesiva maquina de limpieza integral.
Esta cayendo tanta agua que en nada la calle parece un río, con afluentes aéreos que surgen de los tejados. Se ve un resplandor y en nada un trueno acompañado de olor fresco, a naturaleza en lata, no tenemos verde en el centro, a los gobernantes les gusta mas una loseta de cemento que un árbol, así que olor a hierba mojada lo justo si vas al parque, aquí es asfalto limpio y agua que arrastra polvo.
Esta noche no estamos solos, sin ruidos, resignados y lentos se aparecen entre las cortinas, la pareja de enfrente, la abuela del primero, un soldado a la izquierda con sus calzoncillos de la mili, alguien del hostal, la señora del segundo, la farmacéutica y todas los balcones se llenan de imágenes silenciosas, cada uno con su prenda de dormir, que en la mayor parte de los casos es nada, por eso nos ponemos las cortinas a modo de toga, un poco por respeto y pudor.
Vemos juntos con asombro como el agua ahora es granizo gordo, nos unimos en la vigilia, poniendo cara al nuevo vecino, que ayer tiro una bolsa del día llena de agua, al novio llorón de la escupidora olímpica. Sabemos que no es hora de intentar quedar bien, así que ni se intenta, el cansancio es demasiado grande por eso casi todos dejamos las cortinas atrás dando un ultimo vistazo y desaparecemos atrapados por la oscuridad que pronto traerá el esperado silencio.
Regreso a la cama abrazando la almohada, sintiendo como toda la calle se abraza entre si, echo de menos algo de compañía en este momento, solo por sentir el calor de otro cuerpo pero se que toda luna esta conmigo, a punto de soñar con sus madres cubiertas en togas, yendo a dormir
viernes, 12 de septiembre de 2008
El principio de la memoria

1:1 en el principio creo dios cielo y tierra, mañana y tarde, plantas y lumbreras. Habitó el mundo de animales y hombres para después descansar.
Así termina su trabajo, que no es lo mismo que el de mortales.
Separado un espermatozoide y un óvulo que no era yo. Así empezó todo. Se juntaron por azar que no por dictado, ni quizás por amor a mi, aunque lo hubiese entre mis padres, sino por deseo del placer.
Así como muchos nací en un hospital horrendo. Recuerdos, ninguno, no tenemos la opción de evocar nuestros primeros días, esos que deben ser de mucha satisfacción personal, en los que uno sin duda, es el centro de atención.
La casa de mis abuelos, siempre fue el cielo en mi mente, un cielo sin luces azules ni blancas. Una casa vieja y marrón, árida de castilla, cálida y fresca. De planta cuadrada con dos pisos. Se entraba en ella por una única puerta, bajita y partida en dos a media altura para que no entraran animales sin ser invitados, aunque se, que rara vez se cerraba. El pasillo es estrecho con suelo de gordos cantos rodados, alineados en vertical. Traídos del río vena que pasa apenas a 300 metros de aquí. Una plancha de metal roída indica el sitio donde el fuego da cuenta de la leña que calienta la casa, gloria se llama o glorieta como decía mi abuela. Al final del pasillo una escalera oscura de peldaños ruidosos da acceso a la planta superior donde viven ellos.
En el amplio hueco debajo de la escalera una puerta aun mas baja que la principal, esconde un tesoro a mis ojos de niño, tres gansos y una docena de gallinas, por el día canpan a sus anchas en el huerto frente a la casa, pero por la noche duermen dentro, que Burgos es tierra de mucho frío y algún que otro amante de lo ajeno.
De la derecha sale un olor fuerte, intenso que da calor a la cara, estas casas no tienen ventanas grandes así que no ventilan como las de ahora y la luz es siempre un tamiz, mas aun si lo alimenta un niño curioso. En ese zona no podía entrar solo, las historias que corren por los pueblos, con cerdos de por medio, siempre te dejan con miedo, se siembra la desconfianza entre unos y otros, con sobradas razones.
La cerda de crianza era enorme, más que un elefante hoy día, rosa y gorda, llena de orgullo y seguridad, solemne, destacando como una emperatriz en su trono de mierda. Las paredes de adobe visto, el suelo de cantos cubierto de paja, las ventanas de madera cruda que nunca fueron pintadas y ella rosa, intensa, presidiendo todo. Limpia, rosada, igual que un bebe desnudo al sol.
Podría haberme comido de dos mordiscos y lo hubiese hecho sin dudar, como contaban del vecino. Se quedó dormido, desnudo después de follar, cerca de una marrana y despertó al pueblo, de un solo grito, muy largo supongo, al ver que se quedaba sin huevos.
Al lado izquierdo del pasillo de nuevo otra puerta, esta da a la cocina, negra, rustica sin nevera y con luz de 40w. Pura tiniebla con olor a matanza. Entrada a la pocilga, separada de la casa, donde crecían los cerdos y tenían el pajar con los aperos de matanza.
Si no entras en la cocina veras que a tu espalda un mínimo corredor, hace las veces de trastero, como si se necesitase trastero. Aquello si era el paraíso de un miedica con tres años. Profundo, estrecho y alto espacio sin luz lleno de utensilios prodigiosos, donde si metías la mano, seguro que la sacabas mordida. Guadaña, hoces, palas, cuerdas de cuero, grandes clavos de hierro, una herradura y la pieza reina, un zapato macizo donde nadie podía meter el pie, mucho mas que un misterio. Al cabo de los años ya olvidado el miedo supe que era una horma, que dejo por allí un familiar al que no conocí. Atendía por remendón, cosas de los pueblos.
Ese rincón no hacia falta que me lo prohibiesen, lo hacia yo mismo en cuanto daba dos pasos dentro de el y salía aterrado, subía a duras penas tres escalones de cemento, el único cemento de la casa que sujetaba baldosas, todas de diferente color, forma, tamaño y grosor.
Abría una puerta con dos cristales, separados por una tira de plomo y la dejaba cerrarse sola, para que rebotara, siempre dos golpes, me encantaba ese sonido seco. Combinado de madera, cristal y plomo, neutraliza a los fantasmas del trastero y me da auxilio. Entraba en otro mundo, el corazón de mis sueños, el centro del universo.
Mas alto que el resto de la planta baja, para facilitar que la gloria, caliente este espacio hasta convertirlo en un horno, esta incrustado mi primer recuerdo.
En brazos de mi madre, a pleno día, todo estaba muy iluminado. Al fondo de la minima habitación había un armarito con cristales, para guardar cosas de valor que en realidad consistían en algo de ropa para la cama, que ahora cubre mi colchón de coco, alguna cosa de cristal, una cajita de madera con dinero y fotos de familiares que no conocía. Nos separaba del mueble, una mesa camilla con cuatro sillas, claramente insuficientes para mis dos hermanos mis padres y los abuelos.
Sobre el suelo de baldosa hidráulica como el que tengo en el salón de Madrid, mi abuelo se encontraba sentado en un orinal azul. Sujetándose con una mano en la cadera de mi madre sintiendo los golpecitos de mis pies. Sin más como sucede todo en la vida el orinal se resbaló hacia un lado y sentí su mano, yendo detrás del abuelo, al suelo.
Un grito incrédulo, primero de sorpresa por la escena, otro de miedo al oír mi cabeza golpear contra el suelo, al intentar sujetarlo. Un brazo para estrujarme de nuevo en su regazo de grandes pechos. Un grito de ayuda tratando de levantar al abuelo, un grito de susto, porque la tensión se desploma y al final un niño de pie tras multitud de piernas que no dejan ver nada de lo que ocurre. El suelo esta muy caliente y todos hablan alto.
Esperado o no, se que él, fue quien menos se esperaba esto. Al día siguiente pregunté que hacia dentro de esa caja en el pasillo, iluminado por velas en plena mañana. Sentí los cantos del suelo y no hubo respuesta.
Mientras estaba en brazos de mi padre, no me miró, pero dijo que no se lo esperaba, que lo sentía. Por eso tenia un pañuelo rodeándole la cara, con un nudo en la cabeza, para cerrar su expresión de asombro y vivir en mi para siempre.
Así termina su trabajo, que no es lo mismo que el de mortales.
Separado un espermatozoide y un óvulo que no era yo. Así empezó todo. Se juntaron por azar que no por dictado, ni quizás por amor a mi, aunque lo hubiese entre mis padres, sino por deseo del placer.
Así como muchos nací en un hospital horrendo. Recuerdos, ninguno, no tenemos la opción de evocar nuestros primeros días, esos que deben ser de mucha satisfacción personal, en los que uno sin duda, es el centro de atención.
La casa de mis abuelos, siempre fue el cielo en mi mente, un cielo sin luces azules ni blancas. Una casa vieja y marrón, árida de castilla, cálida y fresca. De planta cuadrada con dos pisos. Se entraba en ella por una única puerta, bajita y partida en dos a media altura para que no entraran animales sin ser invitados, aunque se, que rara vez se cerraba. El pasillo es estrecho con suelo de gordos cantos rodados, alineados en vertical. Traídos del río vena que pasa apenas a 300 metros de aquí. Una plancha de metal roída indica el sitio donde el fuego da cuenta de la leña que calienta la casa, gloria se llama o glorieta como decía mi abuela. Al final del pasillo una escalera oscura de peldaños ruidosos da acceso a la planta superior donde viven ellos.
En el amplio hueco debajo de la escalera una puerta aun mas baja que la principal, esconde un tesoro a mis ojos de niño, tres gansos y una docena de gallinas, por el día canpan a sus anchas en el huerto frente a la casa, pero por la noche duermen dentro, que Burgos es tierra de mucho frío y algún que otro amante de lo ajeno.
De la derecha sale un olor fuerte, intenso que da calor a la cara, estas casas no tienen ventanas grandes así que no ventilan como las de ahora y la luz es siempre un tamiz, mas aun si lo alimenta un niño curioso. En ese zona no podía entrar solo, las historias que corren por los pueblos, con cerdos de por medio, siempre te dejan con miedo, se siembra la desconfianza entre unos y otros, con sobradas razones.
La cerda de crianza era enorme, más que un elefante hoy día, rosa y gorda, llena de orgullo y seguridad, solemne, destacando como una emperatriz en su trono de mierda. Las paredes de adobe visto, el suelo de cantos cubierto de paja, las ventanas de madera cruda que nunca fueron pintadas y ella rosa, intensa, presidiendo todo. Limpia, rosada, igual que un bebe desnudo al sol.
Podría haberme comido de dos mordiscos y lo hubiese hecho sin dudar, como contaban del vecino. Se quedó dormido, desnudo después de follar, cerca de una marrana y despertó al pueblo, de un solo grito, muy largo supongo, al ver que se quedaba sin huevos.
Al lado izquierdo del pasillo de nuevo otra puerta, esta da a la cocina, negra, rustica sin nevera y con luz de 40w. Pura tiniebla con olor a matanza. Entrada a la pocilga, separada de la casa, donde crecían los cerdos y tenían el pajar con los aperos de matanza.
Si no entras en la cocina veras que a tu espalda un mínimo corredor, hace las veces de trastero, como si se necesitase trastero. Aquello si era el paraíso de un miedica con tres años. Profundo, estrecho y alto espacio sin luz lleno de utensilios prodigiosos, donde si metías la mano, seguro que la sacabas mordida. Guadaña, hoces, palas, cuerdas de cuero, grandes clavos de hierro, una herradura y la pieza reina, un zapato macizo donde nadie podía meter el pie, mucho mas que un misterio. Al cabo de los años ya olvidado el miedo supe que era una horma, que dejo por allí un familiar al que no conocí. Atendía por remendón, cosas de los pueblos.
Ese rincón no hacia falta que me lo prohibiesen, lo hacia yo mismo en cuanto daba dos pasos dentro de el y salía aterrado, subía a duras penas tres escalones de cemento, el único cemento de la casa que sujetaba baldosas, todas de diferente color, forma, tamaño y grosor.
Abría una puerta con dos cristales, separados por una tira de plomo y la dejaba cerrarse sola, para que rebotara, siempre dos golpes, me encantaba ese sonido seco. Combinado de madera, cristal y plomo, neutraliza a los fantasmas del trastero y me da auxilio. Entraba en otro mundo, el corazón de mis sueños, el centro del universo.
Mas alto que el resto de la planta baja, para facilitar que la gloria, caliente este espacio hasta convertirlo en un horno, esta incrustado mi primer recuerdo.
En brazos de mi madre, a pleno día, todo estaba muy iluminado. Al fondo de la minima habitación había un armarito con cristales, para guardar cosas de valor que en realidad consistían en algo de ropa para la cama, que ahora cubre mi colchón de coco, alguna cosa de cristal, una cajita de madera con dinero y fotos de familiares que no conocía. Nos separaba del mueble, una mesa camilla con cuatro sillas, claramente insuficientes para mis dos hermanos mis padres y los abuelos.
Sobre el suelo de baldosa hidráulica como el que tengo en el salón de Madrid, mi abuelo se encontraba sentado en un orinal azul. Sujetándose con una mano en la cadera de mi madre sintiendo los golpecitos de mis pies. Sin más como sucede todo en la vida el orinal se resbaló hacia un lado y sentí su mano, yendo detrás del abuelo, al suelo.
Un grito incrédulo, primero de sorpresa por la escena, otro de miedo al oír mi cabeza golpear contra el suelo, al intentar sujetarlo. Un brazo para estrujarme de nuevo en su regazo de grandes pechos. Un grito de ayuda tratando de levantar al abuelo, un grito de susto, porque la tensión se desploma y al final un niño de pie tras multitud de piernas que no dejan ver nada de lo que ocurre. El suelo esta muy caliente y todos hablan alto.
Esperado o no, se que él, fue quien menos se esperaba esto. Al día siguiente pregunté que hacia dentro de esa caja en el pasillo, iluminado por velas en plena mañana. Sentí los cantos del suelo y no hubo respuesta.
Mientras estaba en brazos de mi padre, no me miró, pero dijo que no se lo esperaba, que lo sentía. Por eso tenia un pañuelo rodeándole la cara, con un nudo en la cabeza, para cerrar su expresión de asombro y vivir en mi para siempre.
miércoles, 10 de septiembre de 2008
De Melos a París, de Madrid a Marraquesh

El atardecer siempre lo llena todo de naranjas. Naranja de fuego, no de fruta, que esas tb tenemos en España, aunque, y perdonen, no se si tan buenas como en Marruecos, al menos y eso no se puede negar, el precio de un zumo sin agua no aguanta la comparación.
Naranja aquí lo es todo, las piedras de palacios, mezquitas y casas, los parques, la arena, el sol, el día y sobre todo la luz,
Recuerdo que de niño en Burgos, el naranja era solo para las tardes de verano, muy de tarde en el río, y las noches de luna muy grande muy luna llena.
Marrakech es naranja desde que amanece hasta que se hace de noche, sobre todo en estas fechas en las que cambia el año.
Estoy alojado en un hotel de la zona moderna, y eso me da pie a pasear por una larga avenida que como todas, termina en la antigua muralla, naranja, incluso ahora de noche, por la luz de las farolas.
¿Si todo es tan barato? ¿Cómo me he gastado tanto dinero?, Menuda chorrada, me digo a mi mismo. Es lo que nos pasa a quienes viajamos solos, que algunas veces no sabemos muy bien en que ocupar los pensamientos. No ordenamos bien las ideas. Pero claro, por algo estoy solo, en un país donde no conozco a nadie y ladrando a todo aquel que se me acerca.
En Madrid tengo mi vida, aunque allí, nadie ha tenido la idea de estar conmigo estos días, por eso decidí este viaje, por saberme solo mientras todos los demás, tienen planes estupendos con nuevas parejas, en los que no estoy incluido.
Pasando la muralla de entrada a la ciudad antigua, solo se ven personas que pasean sin atender la hora que es, los turistas están en exhibiciones de caballos y bailarinas, o en hoteles con amantes de semipago, parece que soy el único al que le interesa que son las once y media. En sol las campanadas estén nerviosas, casi listas para brindar por los buenos propósitos.
Si uno no sabe muy bien porque esta donde esta, mucho menos tiene tiempo para proponerse nada – pienso sonriendo, tan solo con la boca.
Muchos años de tradición tampoco son fáciles de olvidar, es normal que me vengan a la cabeza, imágenes de botellas de cava, volando por el aire.
Así que, ¡quiero una cerveza! La garganta se colapsa con el pensamiento.
¿Cuanto tiempo hace que no bebo una? No lo recuerdo, pero hace mas de una semana que estoy enganchado a la naranja.
Decido regresar sobre mis pasos. Esta noche nada de serpientes, cómicos que no entiendo, ni bailes en la plaza. Cerca del hotel he visto un bar donde seguro que sirven alcohol. Esta mañana, un parroquiano, arrastraba cajas de cerveza hacia el interior del local. ¿Se puede decir parroquiano? ¿O es mezquitiano?, déjalo, que seguro ni era creyente.
Si que ha sido largo el camino de regreso. Estoy en frente del soportal de cemento, formado por columnas desproporcionadamente altas, son cimientos cara vista de un edifico de ladrillo, construido en los 80. En medio de una pared blanca sin rótulos, una puerta, a la que le pasó el tiempo, mas rápido que al resto, ¿o es que viene de otra casa mas vieja?.
Esa sensación ya no se ira de mi cabeza en toda la nochevieja.
En la zona antigua de la ciudad, las puertas son nuevas, esa es la respuesta, las quitan de un lado y las usan en otro, las cosas pueden tener mas de una vida.
Entro por un pasillo tan estrecho y alto como los pilares de la calle, pintado en blanco de obra y hoy con toda la gama de blancos posibles, con manchas de manos, pisadas, raspones, roces, desconchados y humedades que vienen de la vivienda de encima.
Al final del pasillo, adosada al lado izquierdo, continua la barra, repleta de botellas de cerveza, así que he llegado al final del camino.
Una cerveza digo y me atiende un tipo regordete y muy moreno, sin decir que no entiende, haciéndome sentir como si fuese uno más de repente. Todo hombres en el bar, un sitio grande dividido por un biombo tremendamente bajo para este techo.
Parece que les gusta estar cerca unos de otros, como si pudiesen perderse. Entre la estrecha barra con sillas altas, y el biombo con tres mesas, apenas si queda espacio para cruzarse con alguien que vaya al baño. La sala detrás del biombo ocupa casi todo el espacio, pero esta oscura y vacía, tiene más mesas, es mucho mas amplia pero esta reservada para clientes de día, separa la vida pública de las personas que beben.
Ya estoy sentado junto a la barra, ¡que era la idea¡ sentado con una cerveza que de seguro no será la ultima de esta noche, nadie mira mas allá de si mismo, lo que termina siendo muy agradable. Sobre las mesas tienen dibujados, a mano alzada, tableros de ajedrez, tres parejas están jugando, concentrados, mientras los que están en la barra hablan entre si. Bajo, hablan bajo, sin cara de confesión, solo bajo, como si fuese la costumbre.
El camarero que esta al final de la barra se acerca en lo que le miro y me dice algo, supongo que ofrece otra cerveza, así que digo, OUI!! pero saqué dinero por si me estaba diciendo que pagara. Se cobra las dos.
Detrás de la barra nada está en su sitio. Una alfombra en la pared, las botellas en el suelo, la caja en una hornacina y ni orlas ni rastro de santa Claus, tampoco música ahora que me doy cuenta. ¡Toda una navidad sin villancicos¡.
Trastea en la caja con unas monedas y se da la vuelta para dejar el cambio a mi alcance. Inesperadamente, lo que yo debía estar buscando me ha encontrado, me he visto a mi mismo y entiendo que hago aquí.A la derecha de la caja, donde los chinos ponen un gato saludando con la pata derecha y en mi pueblo un santo, parecido a colon, con una moneda insertada en el dedo, y perejil de bufanda, aquí, tienen la Venus de milo, esplendida y blanca, la misma que en la casa de putas bajo mi casa.
La Venus ignorada por todos, esta vestida, esta revestida, tiene, no me lo creo por mas que lo miro, tiene una falda hawaiana encima de la toga y unos cocos tapando los pechos. Todo en plástico rígido y colorido. Desnuda y tapada a la vez.
Me levanto, estoy subiendo las escaleras del Louvre y nos quedamos a solas, ella y yo, como si fuese de carne y hueso, es una turista mas en busca de la Gioconda yo una escultura mas buscando un escultor, que me termine. Por eso nadie repara en mi, todos están concentrados en lo que vinieron hacer aquí. Vinieron a vivir sus vidas jugando al ajedrez, tomando alcohol, viendo obras de museo, sus vidas tienen un camino por el que andar y yo he encontrado el mío, quiero desnudar mi mundo, dejar de ser quien soy, no necesito esculpirme, solo desnudarme, quitarme los cocos, estoy debajo de mi.
Joder, ¿cuantas cervezas tengo encima?
Tío, que aquí no entenderían que te quedes en pelota picada sobre la barra, pienso mientras me pongo de nuevo el jersey y recuerdo que hablo francés
domingo, 7 de septiembre de 2008
Una serpiente en la madriguera

El Sol después del mediodía, arrasa la calle, dejando un rastro descolorido. Solo por obligación, alguien saldría de casa a estas horas.
Los rayos se golpean con fuerza sobre las paredes, los tejados, el suelo, las ventanas, alimentándose de los colores con que tropieza, no hay color que resista el envite de esta luz, no hay persona en Madrid que no le tenga respeto y se mantenga lo más lejos posible de él.
La luz se desliza por entre balcones, buscando nuevas penumbras en el interior de las casas. Siempre, alguna ventana se queda abierta por descuido. Y aquí en el centro de la ciudad, en la calle de la luna, encuentra el sol un salón desprotegido y comienza alimentarse, del color de unos tejanos, de otro mas, de una camisa, una camiseta y un zapato, busca, pero no encuentra a su alcance el resto del ajuar esparcido.
A ritmo calmo, topa y lame también la pata de una cama de madera, tiñe de blanco una sabana naranja y calienta un pie como se hornea pan, nada le detiene en sucamino.
Un corazón late sobre la cama.
Late que es lo que hacen, no sistolean, laten lentos o rápidos, dependiendo de la necesidad del momento.
Estos, que son dos, laten despacio, como invernando.
Dos fetos descansando de medio lado, acoplados, pecho contra espalda, latiendo al compás, respirando unidos.
El pie iluminado por el sol tal vez por causa o quizá por efecto acelera el corazón del cuerpo que abraza.
-De los cinco dedos que tiene su mano, el más largo de entre ellos, despierta, olfateando como perro de caza a una liebre lejana. Ni siquiera sabe si hay presa o es el regusto de la cazada antes de dormirse, pero la idea lo espolea.
Los cinco trabajan unidos pero esta carrera en realidad es otra cosa, es ciega. Consiste en localizar y correr detrás de la pieza. El dedo más pequeño resulta ser el más rápido y arrastra en su salida a todos los demás. En cierta medida el grande se siente sorprendido concentrado en su olisqueo, pero de inmediato forma un solo mecanismo con todos.
Arrastra a trompicones la mano entera, sobre el cuerpo abrazado, inconciente del manoseo. Enterrado en un mundo al que nadie puede acceder. Los dedos piden que la luz se detenga a los pies. La presa no es consciente del acecho. La cadera esconde su madriguera, donde la presa espera, seca, dormida. De entre dos lomas se accede a una cuenca donde la luz aun no ha llegado aunque desprenda el calor del sol
Los dedos furtivos se organizan, despiertos, al margen de órdenes, usan técnicas de guerrilla, organizada sin mando superior, arrastran al brazo inerte que les manda sangre, la palma se acopla sobre la loma superior, los dos dedos mas distantes se estiran y a modo de palanca separan las montañas descubriendo a la tiniebla el acceso al mundo ajeno.
Un segundo, de admiración, imposible que el latir del cazador no se sienta conmovido, ante la paz de su presa. Otro segundo, de amor al deseo. Mas segundo, de tensión. Y segundo sobre segundo de agradecimiento. El dedo grande toma el mando y avanza sobre el aire sintiendo el seco calor que desprende su presa, arropado por la admiración de sus compañeros que envidian su suerte.
Se enciende la alarma en la reseca guarida, un intruso conocido, quizás inesperado ha entrado en la cueva.
Los dos mundos distantes se encuentran, lo dos cuerpos que latieron juntos recuperan el compás de su consciencia, el cazador es apresado en la cueva, la presa se despierta y se siente Fuerte.
Apoyando la cabeza sobre las almohadas y los pies sobre la luz del sol, la presa gira violenta sobre si. El cazador se queda expuesto a la luz. La mano ha quedado bajo el peso de la cadera, aprisionada contra el colchón, dejando indefenso al cuerpo que hasta hace poco cazaba.
Caras, frente a frente con ojos de batalla, se escudriñan entre legañas. Los dedos de la presa se despiertan rápidos, resabiados, expertos se abren camino, de ciego en terreno propio, que conocen bien. Desfilan ahora en dirección cierta, donde le espera la entrada que une sus mundos.
Los rayos se golpean con fuerza sobre las paredes, los tejados, el suelo, las ventanas, alimentándose de los colores con que tropieza, no hay color que resista el envite de esta luz, no hay persona en Madrid que no le tenga respeto y se mantenga lo más lejos posible de él.
La luz se desliza por entre balcones, buscando nuevas penumbras en el interior de las casas. Siempre, alguna ventana se queda abierta por descuido. Y aquí en el centro de la ciudad, en la calle de la luna, encuentra el sol un salón desprotegido y comienza alimentarse, del color de unos tejanos, de otro mas, de una camisa, una camiseta y un zapato, busca, pero no encuentra a su alcance el resto del ajuar esparcido.
A ritmo calmo, topa y lame también la pata de una cama de madera, tiñe de blanco una sabana naranja y calienta un pie como se hornea pan, nada le detiene en sucamino.
Un corazón late sobre la cama.
Late que es lo que hacen, no sistolean, laten lentos o rápidos, dependiendo de la necesidad del momento.
Estos, que son dos, laten despacio, como invernando.
Dos fetos descansando de medio lado, acoplados, pecho contra espalda, latiendo al compás, respirando unidos.
El pie iluminado por el sol tal vez por causa o quizá por efecto acelera el corazón del cuerpo que abraza.
-De los cinco dedos que tiene su mano, el más largo de entre ellos, despierta, olfateando como perro de caza a una liebre lejana. Ni siquiera sabe si hay presa o es el regusto de la cazada antes de dormirse, pero la idea lo espolea.
Los cinco trabajan unidos pero esta carrera en realidad es otra cosa, es ciega. Consiste en localizar y correr detrás de la pieza. El dedo más pequeño resulta ser el más rápido y arrastra en su salida a todos los demás. En cierta medida el grande se siente sorprendido concentrado en su olisqueo, pero de inmediato forma un solo mecanismo con todos.
Arrastra a trompicones la mano entera, sobre el cuerpo abrazado, inconciente del manoseo. Enterrado en un mundo al que nadie puede acceder. Los dedos piden que la luz se detenga a los pies. La presa no es consciente del acecho. La cadera esconde su madriguera, donde la presa espera, seca, dormida. De entre dos lomas se accede a una cuenca donde la luz aun no ha llegado aunque desprenda el calor del sol
Los dedos furtivos se organizan, despiertos, al margen de órdenes, usan técnicas de guerrilla, organizada sin mando superior, arrastran al brazo inerte que les manda sangre, la palma se acopla sobre la loma superior, los dos dedos mas distantes se estiran y a modo de palanca separan las montañas descubriendo a la tiniebla el acceso al mundo ajeno.
Un segundo, de admiración, imposible que el latir del cazador no se sienta conmovido, ante la paz de su presa. Otro segundo, de amor al deseo. Mas segundo, de tensión. Y segundo sobre segundo de agradecimiento. El dedo grande toma el mando y avanza sobre el aire sintiendo el seco calor que desprende su presa, arropado por la admiración de sus compañeros que envidian su suerte.
Se enciende la alarma en la reseca guarida, un intruso conocido, quizás inesperado ha entrado en la cueva.
Los dos mundos distantes se encuentran, lo dos cuerpos que latieron juntos recuperan el compás de su consciencia, el cazador es apresado en la cueva, la presa se despierta y se siente Fuerte.
Apoyando la cabeza sobre las almohadas y los pies sobre la luz del sol, la presa gira violenta sobre si. El cazador se queda expuesto a la luz. La mano ha quedado bajo el peso de la cadera, aprisionada contra el colchón, dejando indefenso al cuerpo que hasta hace poco cazaba.
Caras, frente a frente con ojos de batalla, se escudriñan entre legañas. Los dedos de la presa se despiertan rápidos, resabiados, expertos se abren camino, de ciego en terreno propio, que conocen bien. Desfilan ahora en dirección cierta, donde le espera la entrada que une sus mundos.
Cuando llegan, la cueva no esta seca…. Buenos días -dice Maria socarrona
Te vas ha enterar -dice Pablo feliz
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40crisis40
Un día me rompí, y me abrí,
al golpearme con una nube,
me quebré, me chasque.
Al tocar el aire me rasgué, y me fracturé,
desligándome de la existencia,
hendido y sin saber por donde,
descompuesto y derribado,
despeñado, prorrumpiendo, un mudo grito,
por la grieta que ahora veo.
Al querer vivir me partí, me perdí, me escindí
vi, porque lo vi! mi propia sangre, brotando del suelo,
sin sentido, despiadada, que ocupando mi lugar, me deporta, muerto, sin aviso, a otra vida renacida.
al golpearme con una nube,
me quebré, me chasque.
Al tocar el aire me rasgué, y me fracturé,
desligándome de la existencia,
hendido y sin saber por donde,
descompuesto y derribado,
despeñado, prorrumpiendo, un mudo grito,
por la grieta que ahora veo.
Al querer vivir me partí, me perdí, me escindí
vi, porque lo vi! mi propia sangre, brotando del suelo,
sin sentido, despiadada, que ocupando mi lugar, me deporta, muerto, sin aviso, a otra vida renacida.
