viernes, 12 de septiembre de 2008

El principio de la memoria



1:1 en el principio creo dios cielo y tierra, mañana y tarde, plantas y lumbreras. Habitó el mundo de animales y hombres para después descansar.
Así termina su trabajo, que no es lo mismo que el de mortales.
Separado un espermatozoide y un óvulo que no era yo. Así empezó todo. Se juntaron por azar que no por dictado, ni quizás por amor a mi, aunque lo hubiese entre mis padres, sino por deseo del placer.
Así como muchos nací en un hospital horrendo. Recuerdos, ninguno, no tenemos la opción de evocar nuestros primeros días, esos que deben ser de mucha satisfacción personal, en los que uno sin duda, es el centro de atención.
La casa de mis abuelos, siempre fue el cielo en mi mente, un cielo sin luces azules ni blancas. Una casa vieja y marrón, árida de castilla, cálida y fresca. De planta cuadrada con dos pisos. Se entraba en ella por una única puerta, bajita y partida en dos a media altura para que no entraran animales sin ser invitados, aunque se, que rara vez se cerraba. El pasillo es estrecho con suelo de gordos cantos rodados, alineados en vertical. Traídos del río vena que pasa apenas a 300 metros de aquí. Una plancha de metal roída indica el sitio donde el fuego da cuenta de la leña que calienta la casa, gloria se llama o glorieta como decía mi abuela. Al final del pasillo una escalera oscura de peldaños ruidosos da acceso a la planta superior donde viven ellos.
En el amplio hueco debajo de la escalera una puerta aun mas baja que la principal, esconde un tesoro a mis ojos de niño, tres gansos y una docena de gallinas, por el día canpan a sus anchas en el huerto frente a la casa, pero por la noche duermen dentro, que Burgos es tierra de mucho frío y algún que otro amante de lo ajeno.
De la derecha sale un olor fuerte, intenso que da calor a la cara, estas casas no tienen ventanas grandes así que no ventilan como las de ahora y la luz es siempre un tamiz, mas aun si lo alimenta un niño curioso. En ese zona no podía entrar solo, las historias que corren por los pueblos, con cerdos de por medio, siempre te dejan con miedo, se siembra la desconfianza entre unos y otros, con sobradas razones.
La cerda de crianza era enorme, más que un elefante hoy día, rosa y gorda, llena de orgullo y seguridad, solemne, destacando como una emperatriz en su trono de mierda. Las paredes de adobe visto, el suelo de cantos cubierto de paja, las ventanas de madera cruda que nunca fueron pintadas y ella rosa, intensa, presidiendo todo. Limpia, rosada, igual que un bebe desnudo al sol.
Podría haberme comido de dos mordiscos y lo hubiese hecho sin dudar, como contaban del vecino. Se quedó dormido, desnudo después de follar, cerca de una marrana y despertó al pueblo, de un solo grito, muy largo supongo, al ver que se quedaba sin huevos.
Al lado izquierdo del pasillo de nuevo otra puerta, esta da a la cocina, negra, rustica sin nevera y con luz de 40w. Pura tiniebla con olor a matanza. Entrada a la pocilga, separada de la casa, donde crecían los cerdos y tenían el pajar con los aperos de matanza.
Si no entras en la cocina veras que a tu espalda un mínimo corredor, hace las veces de trastero, como si se necesitase trastero. Aquello si era el paraíso de un miedica con tres años. Profundo, estrecho y alto espacio sin luz lleno de utensilios prodigiosos, donde si metías la mano, seguro que la sacabas mordida. Guadaña, hoces, palas, cuerdas de cuero, grandes clavos de hierro, una herradura y la pieza reina, un zapato macizo donde nadie podía meter el pie, mucho mas que un misterio. Al cabo de los años ya olvidado el miedo supe que era una horma, que dejo por allí un familiar al que no conocí. Atendía por remendón, cosas de los pueblos.
Ese rincón no hacia falta que me lo prohibiesen, lo hacia yo mismo en cuanto daba dos pasos dentro de el y salía aterrado, subía a duras penas tres escalones de cemento, el único cemento de la casa que sujetaba baldosas, todas de diferente color, forma, tamaño y grosor.
Abría una puerta con dos cristales, separados por una tira de plomo y la dejaba cerrarse sola, para que rebotara, siempre dos golpes, me encantaba ese sonido seco. Combinado de madera, cristal y plomo, neutraliza a los fantasmas del trastero y me da auxilio. Entraba en otro mundo, el corazón de mis sueños, el centro del universo.
Mas alto que el resto de la planta baja, para facilitar que la gloria, caliente este espacio hasta convertirlo en un horno, esta incrustado mi primer recuerdo.
En brazos de mi madre, a pleno día, todo estaba muy iluminado. Al fondo de la minima habitación había un armarito con cristales, para guardar cosas de valor que en realidad consistían en algo de ropa para la cama, que ahora cubre mi colchón de coco, alguna cosa de cristal, una cajita de madera con dinero y fotos de familiares que no conocía. Nos separaba del mueble, una mesa camilla con cuatro sillas, claramente insuficientes para mis dos hermanos mis padres y los abuelos.
Sobre el suelo de baldosa hidráulica como el que tengo en el salón de Madrid, mi abuelo se encontraba sentado en un orinal azul. Sujetándose con una mano en la cadera de mi madre sintiendo los golpecitos de mis pies. Sin más como sucede todo en la vida el orinal se resbaló hacia un lado y sentí su mano, yendo detrás del abuelo, al suelo.
Un grito incrédulo, primero de sorpresa por la escena, otro de miedo al oír mi cabeza golpear contra el suelo, al intentar sujetarlo. Un brazo para estrujarme de nuevo en su regazo de grandes pechos. Un grito de ayuda tratando de levantar al abuelo, un grito de susto, porque la tensión se desploma y al final un niño de pie tras multitud de piernas que no dejan ver nada de lo que ocurre. El suelo esta muy caliente y todos hablan alto.
Esperado o no, se que él, fue quien menos se esperaba esto. Al día siguiente pregunté que hacia dentro de esa caja en el pasillo, iluminado por velas en plena mañana. Sentí los cantos del suelo y no hubo respuesta.
Mientras estaba en brazos de mi padre, no me miró, pero dijo que no se lo esperaba, que lo sentía. Por eso tenia un pañuelo rodeándole la cara, con un nudo en la cabeza, para cerrar su expresión de asombro y vivir en mi para siempre.

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40crisis40

Un día me rompí, y me abrí,
al golpearme con una nube,
me quebré, me chasque.

Al tocar el aire me rasgué, y me fracturé,
desligándome de la existencia,
hendido y sin saber por donde,
descompuesto y derribado,
despeñado, prorrumpiendo, un mudo grito,
por la grieta que ahora veo.

Al querer vivir me partí, me perdí, me escindí
vi, porque lo vi! mi propia sangre, brotando del suelo,
sin sentido, despiadada, que ocupando mi lugar, me deporta, muerto, sin aviso, a otra vida renacida.