miércoles, 10 de septiembre de 2008

De Melos a París, de Madrid a Marraquesh



El atardecer siempre lo llena todo de naranjas. Naranja de fuego, no de fruta, que esas tb tenemos en España, aunque, y perdonen, no se si tan buenas como en Marruecos, al menos y eso no se puede negar, el precio de un zumo sin agua no aguanta la comparación.
Naranja aquí lo es todo, las piedras de palacios, mezquitas y casas, los parques, la arena, el sol, el día y sobre todo la luz,
Recuerdo que de niño en Burgos, el naranja era solo para las tardes de verano, muy de tarde en el río, y las noches de luna muy grande muy luna llena.
Marrakech es naranja desde que amanece hasta que se hace de noche, sobre todo en estas fechas en las que cambia el año.
Estoy alojado en un hotel de la zona moderna, y eso me da pie a pasear por una larga avenida que como todas, termina en la antigua muralla, naranja, incluso ahora de noche, por la luz de las farolas.
¿Si todo es tan barato? ¿Cómo me he gastado tanto dinero?, Menuda chorrada, me digo a mi mismo. Es lo que nos pasa a quienes viajamos solos, que algunas veces no sabemos muy bien en que ocupar los pensamientos. No ordenamos bien las ideas. Pero claro, por algo estoy solo, en un país donde no conozco a nadie y ladrando a todo aquel que se me acerca.
En Madrid tengo mi vida, aunque allí, nadie ha tenido la idea de estar conmigo estos días, por eso decidí este viaje, por saberme solo mientras todos los demás, tienen planes estupendos con nuevas parejas, en los que no estoy incluido.
Pasando la muralla de entrada a la ciudad antigua, solo se ven personas que pasean sin atender la hora que es, los turistas están en exhibiciones de caballos y bailarinas, o en hoteles con amantes de semipago, parece que soy el único al que le interesa que son las once y media. En sol las campanadas estén nerviosas, casi listas para brindar por los buenos propósitos.
Si uno no sabe muy bien porque esta donde esta, mucho menos tiene tiempo para proponerse nada – pienso sonriendo, tan solo con la boca.
Muchos años de tradición tampoco son fáciles de olvidar, es normal que me vengan a la cabeza, imágenes de botellas de cava, volando por el aire.
Así que, ¡quiero una cerveza! La garganta se colapsa con el pensamiento.
¿Cuanto tiempo hace que no bebo una? No lo recuerdo, pero hace mas de una semana que estoy enganchado a la naranja.
Decido regresar sobre mis pasos. Esta noche nada de serpientes, cómicos que no entiendo, ni bailes en la plaza. Cerca del hotel he visto un bar donde seguro que sirven alcohol. Esta mañana, un parroquiano, arrastraba cajas de cerveza hacia el interior del local. ¿Se puede decir parroquiano? ¿O es mezquitiano?, déjalo, que seguro ni era creyente.
Si que ha sido largo el camino de regreso. Estoy en frente del soportal de cemento, formado por columnas desproporcionadamente altas, son cimientos cara vista de un edifico de ladrillo, construido en los 80. En medio de una pared blanca sin rótulos, una puerta, a la que le pasó el tiempo, mas rápido que al resto, ¿o es que viene de otra casa mas vieja?.
Esa sensación ya no se ira de mi cabeza en toda la nochevieja.
En la zona antigua de la ciudad, las puertas son nuevas, esa es la respuesta, las quitan de un lado y las usan en otro, las cosas pueden tener mas de una vida.
Entro por un pasillo tan estrecho y alto como los pilares de la calle, pintado en blanco de obra y hoy con toda la gama de blancos posibles, con manchas de manos, pisadas, raspones, roces, desconchados y humedades que vienen de la vivienda de encima.
Al final del pasillo, adosada al lado izquierdo, continua la barra, repleta de botellas de cerveza, así que he llegado al final del camino.
Una cerveza digo y me atiende un tipo regordete y muy moreno, sin decir que no entiende, haciéndome sentir como si fuese uno más de repente. Todo hombres en el bar, un sitio grande dividido por un biombo tremendamente bajo para este techo.
Parece que les gusta estar cerca unos de otros, como si pudiesen perderse. Entre la estrecha barra con sillas altas, y el biombo con tres mesas, apenas si queda espacio para cruzarse con alguien que vaya al baño. La sala detrás del biombo ocupa casi todo el espacio, pero esta oscura y vacía, tiene más mesas, es mucho mas amplia pero esta reservada para clientes de día, separa la vida pública de las personas que beben.
Ya estoy sentado junto a la barra, ¡que era la idea¡ sentado con una cerveza que de seguro no será la ultima de esta noche, nadie mira mas allá de si mismo, lo que termina siendo muy agradable. Sobre las mesas tienen dibujados, a mano alzada, tableros de ajedrez, tres parejas están jugando, concentrados, mientras los que están en la barra hablan entre si. Bajo, hablan bajo, sin cara de confesión, solo bajo, como si fuese la costumbre.
El camarero que esta al final de la barra se acerca en lo que le miro y me dice algo, supongo que ofrece otra cerveza, así que digo, OUI!! pero saqué dinero por si me estaba diciendo que pagara. Se cobra las dos.
Detrás de la barra nada está en su sitio. Una alfombra en la pared, las botellas en el suelo, la caja en una hornacina y ni orlas ni rastro de santa Claus, tampoco música ahora que me doy cuenta. ¡Toda una navidad sin villancicos¡.
Trastea en la caja con unas monedas y se da la vuelta para dejar el cambio a mi alcance. Inesperadamente, lo que yo debía estar buscando me ha encontrado, me he visto a mi mismo y entiendo que hago aquí.A la derecha de la caja, donde los chinos ponen un gato saludando con la pata derecha y en mi pueblo un santo, parecido a colon, con una moneda insertada en el dedo, y perejil de bufanda, aquí, tienen la Venus de milo, esplendida y blanca, la misma que en la casa de putas bajo mi casa.
La Venus ignorada por todos, esta vestida, esta revestida, tiene, no me lo creo por mas que lo miro, tiene una falda hawaiana encima de la toga y unos cocos tapando los pechos. Todo en plástico rígido y colorido. Desnuda y tapada a la vez.
Me levanto, estoy subiendo las escaleras del Louvre y nos quedamos a solas, ella y yo, como si fuese de carne y hueso, es una turista mas en busca de la Gioconda yo una escultura mas buscando un escultor, que me termine. Por eso nadie repara en mi, todos están concentrados en lo que vinieron hacer aquí. Vinieron a vivir sus vidas jugando al ajedrez, tomando alcohol, viendo obras de museo, sus vidas tienen un camino por el que andar y yo he encontrado el mío, quiero desnudar mi mundo, dejar de ser quien soy, no necesito esculpirme, solo desnudarme, quitarme los cocos, estoy debajo de mi.
Joder, ¿cuantas cervezas tengo encima?
Tío, que aquí no entenderían que te quedes en pelota picada sobre la barra, pienso mientras me pongo de nuevo el jersey y recuerdo que hablo francés

1 comentario:

monicaco dijo...

Inquietante lectura, hace pensar en cosas que no se si deberían estar cerradas y prohibidas en uno de los muchos mundos en los que habitamos; lástima que siempre quede una rendija en la madera que permite pasar el humo y la niebla y nos pilla a contrapié.
cómo me gusta leerte.


40crisis40

Un día me rompí, y me abrí,
al golpearme con una nube,
me quebré, me chasque.

Al tocar el aire me rasgué, y me fracturé,
desligándome de la existencia,
hendido y sin saber por donde,
descompuesto y derribado,
despeñado, prorrumpiendo, un mudo grito,
por la grieta que ahora veo.

Al querer vivir me partí, me perdí, me escindí
vi, porque lo vi! mi propia sangre, brotando del suelo,
sin sentido, despiadada, que ocupando mi lugar, me deporta, muerto, sin aviso, a otra vida renacida.